Tu madre decía que sólo era ‘pelusilla’

Llega un momento en la vida de toda preadolescente en la que se corre el riesgo de tener más bigote que tu hermano y más pelos en las piernas que una folclórica. Es ese momento conflictivo en el que insistes en la necesidad de comenzar a depilarte y tu madre te niega ese derecho asegurando que ‘sólo es pelusilla‘.

Nunca he entendido por qué la mayoría de las madres insiste tanto en demorar ese momento ya de por sí traumático de la depilación, como si al liberarnos del espíritu Chewbacca nos fuéramos a convertir irremediablemente en una Miley Cyrus verbenera.

El vello empieza a instalarse en el cuerpo en el peor período de tu existencia. Esa etapa en la vida de toda aspirante a mujer en la que se entremezclan el horror de la menstruación, el acné, el crecimiento de los pechos y el ensanchamiento de las caderas con una extraña suerte de cambios que de alguna manera te hacen sentirte un poco ladyboy sin pene. Menudo panorama. Además, mi etapa andrógina se demoró más de la cuenta, y si no hay un diseñador de moda chiflado al que le de por resaltar las virtudes estéticas de esa ambigüedad, el tema no tiene ninguna gracia.

Así te pasas uno o dos años, sufriendo los chistes del graciosillo de clase al que muchísimo tiempo después te encuentras de marcha una noche de verano. Y entre risas y copas te das cuenta de que, aunque se ha quedado estancado en sus bromas de colegio, te está tirando los tejos y no te desagrada del todo. Así que acabas con tu archienemigo en los baños de una discoteca, apalancada entre la máquina de condones y un váter hediondo, sin nada mejor que hacer que dejar que el susodicho se esmere en darte placer porque, después de todo, no está tan mal. Se ve que ha dedicado su tiempo al noble arte de esculpir unos músculos inversamente proporcionales a su nota del Graduado Escolar. Y cuando llevas la mano a su bragueta y empiezas a juguetear con sus partes nobles te das cuenta de que es de los que se depilan todo y te asaltan los fantasmas del pasado.

– ¡Pero si no hay ni pelusilla!

¿De verdad que lo has dicho en voz alta? Él se queda a cuadros mientras tú sigues sujetando sus testículos de pollo desollado con una mano cada vez más temblorosa por la risa. Y al final sales del baño entre carcajadas y lo dejas con las ganas de descubrir las cosas maravillosas que la depilación brasileña ha hecho con tu cuerpo.

Las madres, siempre sabias, a veces nos hacen sufrir un poco en cuestiones de estética preadolescente. Pero sus sabios consejos pueden librarte de grandes meteduras de pata en el futuro, como la de acabar follando en el baño de una discoteca con el capullo que te amargó la vida cuando sólo era pelusilla.

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