Sexo absurdo: ¿pero qué estoy haciendo aquí?

Sexo absurdo

Por despecho, por aburrimiento, por error o por una mezcla de todo ello. El sexo absurdo tiene múltiples formas de manifestarse y en esta ocasión te voy a contar la más ridícula de todas: pasearte por media ciudad sin bragas y con la falda al revés.

El concepto de sexo absurdo se remonta a la vez que estuve liada con un estudiante de Medicina. Como acabé dándole plantón después de un par de citas desastrosas, la culpa me estuvo corroyendo durante varias semanas.

Era una culpa extraña porque en realidad lo que más me apenaba era que ya no iba a estar allí cuando me doliera la garganta, cuando me dieran esos cólicos que me dejaban doblada o cuando lo que parecían unas simples agujetas se convirtieran en un dolor punzante en los gemelos. Lo mejor que le podía pasar a una hipocondríaca como yo era salir con un aspirante a médico, pero cuando no puede ser, no puede ser.

Claro que antes de la ruptura quedamos unas cuantas veces más en las que gustosamente dejé que me hiciera un chequeo general, pero en más de una ocasión recuerdo haberme visto en su cama, con los ojos clavados en Cuenca y pensando “¿Pero qué estoy haciendo aquí?”.

“Sexo absurdo. Eso es sexo absurdo”, me decía mi amiga Raquel, especialista en ponerle un nombre a todo. Y no le faltaba razón. Porque puede haber sexo sin amor y hasta sexo sin ganas. Pero cuando llegas al extremo del “¿Qué estoy haciendo aquí?” sólo puede ser una cosa. Sexo absurdo.

Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir.

Probablemente recuerdes esas declaraciones del rey Juan Carlos después de aparecer en una foto con un elefante al que había dado caza. Pero lo más probable es que lo hayas oído de boca de alguna amiga mientras te enseña la foto de macaco con el que se lió el pasado fin de semana.

Creepy Sex

El caso es que todos recurrimos a esta frase como si tuviera el poder de encantamiento del “¡Obliviate!” en Harry Potter cuando en realidad es más inocua que el más cutre “Abracadabra”. Porque si hay algo seguro es que lo vas a volver a hacer. Y a medida que pasa el tiempo este tipo de sexo puede alcanzar un nivel de absurdidez alarmante.

Cuando eso ocurre el sexo absurdo tiende a convertirse en Creepy sex, que es otro nombre que se inventó mi amiga para situaciones del tipo:

  1. “Si me la vas a chupar utiliza un kleenex para ir limpiando porque no me gusta la baba”.
  2. “¿Te importa que nos mire mi perro mientras lo hacemos?”
  3. “Los masajes sensuales me vuelven loco” (te dice mientras se toca frente al espejo…)
  4. “¿Quedamos cuando tengas la regla? Me encanta la sangre”.
  5. “Me encantas… (besos) Quiero saberlo todo de ti… (besos) Por ejemplo, ¿qué piensas de mi pene?”.

Érase una vez… Una chiflada sin bragas viajando en tren

Antes de liarte con un tío, ya sea porque realmente te gusta, porque quieres divertirte o porque sin saberlo estás a punto de cometer un acto de sexo absurdo, asegúrate de dos cosas:

  1. Que tiene todas las uñas de las manos bien cortadas.
  2. Que no vive en la puñeta.

¿Por qué? Pues porque como a mitad del polvo descubras que esa mano que te acaricia tiene una horripilante uña sobresaliendo en el dedo meñique se te va a cortar todo el rollo. Es instantáneo. En un momento estás ahí súper entregada y al segundo surge la pregunta… “¿Qué estoy haciendo aquí?”.

Entonces la mente empieza a funcionar de manera independiente al cuerpo y como eres demasiado bien educada y no se puede decir que el chico no te haya tratado como a una reina, no te apetece salir pitando… ¿O sí?

Así que cuando acaba y tu finges haber acabado (no vaya a ser que encima quiera prolongar la cosa) le dices “Voy un momento al baño” (que es como el “Salgo a por tabaco” pero en situaciones de sexo) y a toda prisa te pones la ropa que has logrado rescatar discretamente de la habitación mientras salías. ¡Y si te he visto no me acuerdo!

Bajas por las escaleras, porque si esperas al ascensor te la estás jugando, y te das cuenta de que no llevas bragas puestas, pero te da igual porque esta noche ni siquiera tenías pensado pillar cacho así que no te habías puesto el conjunto Calvin Klein sino unas bragas del Alcampo. Y cuando al fin estás en la calle te das cuenta de que todavía son las seis de la mañana y estás en… ¿Dónde narices estás? Y es aquí donde se justifica mi recomendación de que te asegures de que tus rolletes no viven en la puñeta.

¿Qué estoy haciendo aquí?Uno de esos señores en chándal y con jersey de punto que pasean a su perro con aspecto de rata los domingos a las seis de la mañana te informa de dónde está la estación de cercanías y se queda mirándote el culo descaradamente mientras te alejas a toda prisa de la calle de tu amante y su amenazante dedo meñique.

Cuando al fin estás sentada en el vagón te das cuenta de que te queda por delante una hora de trayecto ¡y llevas la falda al revés! (tal vez era eso lo que tanto llamaba la atención del señor paseaperro). Al fin llegas a casa, a eso de las ocho de la mañana, y para rematar la experiencia te recibe la madre de tu compañera de piso que resulta que ese fin de semana se estaba quedando allí. Y después de la ducha, la cama, el desayuno y todo un domingo desperdiciado en el sofá le cuentas a tu amiga Raquel, la que le pone nombre a todo, que lo has vuelto a hacer.

Ahora, desde la distancia de los años y la madurez que sólo dan este tipo de experiencias, me doy cuenta de que el sexo absurdo no estaba tan mal. De hecho a veces le pido a mi novio que se ponga los calzoncillos con agujeros o que me arañe con las uñas de los pies. Pero no es lo mismo. El amor nos hace inmunes al sexo absurdo y ya sólo puedo pensar en ello con cierta nostalgia, como cuando me acuerdo de mi aspirante a médico y de mis bragas del Alcampo.

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