Que no te la metan doblada: el tamaño SÍ importa

He de admitir que al hablar de mi ex siempre lo hago con cierto resquemor. Pero no es el resentimiento de una mujer despechada el que incita estas líneas en las que me gustaría explicarles por qué soy de la opinión de que el tamaño sí importa. Y mucho.

Por no ahondar demasiado en el tema de mi ex y no regocijarme en la crítica más que merecida hacia el tamaño de su miembro, les diré lo que ya han podido deducir: que la tenía pequeña. Realmente, hasta el momento en que terminamos (e incluso durante la posterior etapa de follamigos) nunca me había cuestionado la importancia del tamaño de su pene.

Fue bastante tiempo después, en ese momento entre la etapa follamigos y antes del “contigo no, bicho”, cuando descubrí que mi ex novio la tenía pequeña y que aquello siempre había sido un problema.

Cualquiera que haya pasado por una etapa de transición entre una relación y otra sabe que con unas cuantas amigas fiesteras y unas copas de más, ésta puede terminar siendo una etapa sexualmente más activa que durante una relación estable. Y como en mi caso se dieron ambas circunstancias, he de confesar que durante algo más de un año mi vida sexual fue una versión moderada de Gandía Shore.

Lo cierto es que los primeros meses de ese periplo erótico-festivo fueron los mejores: una especie de redescubrimiento personal en camas ajenas de las que la mayoría de las veces salía a hurtadillas en mitad de la noche para no tener que dar los buenos días y aún menos mi número de teléfono. Con el paso del tiempo hasta estas aventuras pueden acabar convirtiéndose en rutina y los hombres terminan siendo tan predecibles que te sorprenden más los modos de vibración de un dildo que sus técnicas de aparejamiento.

El caso es que en una de aquellas noches de locura sexual tuve una revelación. Cometí el error de llevarme a mi presa a la habitación de un hotel en Palma de Mallorca, donde me habían enviado desde la revista en que trabajaba para cubrir un evento deportivo. Pero era tal el calentón que poco me importó en aquel momento contradecir mi máxima de no llevarme a nadie a casa. Durante los magreos previos en el pub y en el taxi de vuelta al hotel ya me había percatado de que el muchacho tenía una buena pieza entre las piernas, pero no pude contener mi sorpresa al verlo totalmente desnudo unos minutos después, ya en la habitación. En serio, fue ver aquel pene erecto y pensar ‘Esto no hay por dónde meterlo’.

Lo de disimular nunca se me ha dado demasiado bien, así que mi acompañante, sin dejar de apuntarme con su arma, me confesó que mi reacción no le pillaba por sorpresa y que, ciertamente, el tamaño de su pene había sido un problema en más de una ocasión. Yo que no tenía ninguna intención de llegar el lunes a la oficina con un desgarro vaginal me adelanté para darle placer con otras técnicas menos arriesgadas que la penetración, pero igualmente estimulantes. Y él respondió haciendo lo propio así que, después de todo, no estuvo tan mal. Tan buena suerte tuve que hasta se marchó de la habitación antes de que llegara ese momento incómodo en el que con toda seguridad le hubiera insinuado que se marchara. Y aunque intercambiamos teléfonos, nunca se produjo esa llamada.

Aquel encuentro pasaría a la historia como ‘La noche con el chico tortuga’, porque tenía el cuerpo repleto de tatuajes que se había hecho en la Polinesia y entre ellos había una tortuga escondida que con mucho gusto descubrí mientras recorría la geografía de su cuerpo desnudo. Por supuesto que para mis amigas el encuentro tiene un nombre mucho menos poético y siempre que se refieren a este episodio de mi biografía sexual me hablan de ‘El chico del pollón’, que es un nombre mucho más ilustrativo.

Estoy llegando al final de toda esta historia y aún no he argumentado la tesis de por qué el tamaño sí importa. Y es que acabo de darme cuenta de que en realidad este título se ha convertido en un pretexto para criticar el miembro de mi ex novio y contarles que las tortugas tienen el pene enorme. Aunque el objetivo inicial probablemente era llegar a esta conclusión: ya sea por quedarse corto o por pasarse de largo, ni uno ni otro lograron satisfacerme del todo. Porque al final, como decían en la peli Martín H., el placer no sólo está en follarse a un cuerpo. También hay que follarse a las mentes. Y ni las tortugas ni los ex novios pueden destacar por su brillantez intelectual (y lo digo desde el más sincero resquemor).

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